asesinatos por la imagen

el Belesar 1965
– Las tragedias purgan las de los espectadores, descubrió Aristóteles, las imágenes se han instalado en nuestras vidas, no tienen repercusiones sobre los sucesos en los que son captadas aunque pueden ser el pretexto, pero sí, y más de las que creemos y hasta de las que conocemos, sobre acontecimientos posteriores. Es la vida la que imita las imágenes, el consumismo de cosas, objetos, aparatos, marcas, experiencias, etc. ha sido consecuencia de su multiplicación a través de los medios de comunicación, pero la cosa no termina imitando las apariencias, también imitamos los comportamientos. El problema ahora es que hasta los ejemplos más deleznables tienen adeptos hasta habernos obligado a acostumbrarnos y soportar casi con desdén asesinos múltiples que no tienen nada que ver con los sofisticados relatos de 1 muerto para 1 refinado asesino armado de “razones”, dicho con todas las reservas, perfectamente intercambiables como cromos también las víctimas, pero qué cromos, qué estampas. Los asesinatos de imagen son un nuevo móvil de crimen o de acto de violencia que añadir a los conocidos. Algunos titulares de periódicos y revistas sobre sucesos de estas características: “Maté la portada de un disco, Yoko”, le decía David Chapman, el asesino de John Lennon, a su viuda a través de los que le entrevistaron en la cárcel al cumplirse otro triste aniversario de uno de los crímenes mas estúpidos del siglo XX, cometido en Nueva York, el 8 de diciembre de 1980, “por favor, entiéndeme Yoko, no estaba matando a un ser real, maté una imagen”. “Los niños no saben distinguir los muertos del telediario”, decía el titular de una revista semanal al narrar el crimen que costó la vida al niño de Liverpool James Bulger, de 2 años, a manos de otros dos niños de 10 y 11 años que le secuestraron de manos de su madre en un centro comercial, le torturaron cruelmente y le asesinaron, “de los que salen en las películas”. “Ferri”, fracasado hombre de negocios de San Francisco de 55 años que hablaba 3 idiomas y había trabajado de ingeniero, “mató a 8 personas para contar su historia en televisión”. Ferri se suicidó después del crimen múltiple, pero según una nota que encontraron en su maletín, era un acto premeditado al que pensaba sobrevivir para contar su historia en programas de debates y entrevistas de televisión. “Por el asesinato a la fama: Christian Didier”, extaxista de 49 años, escritor fracasado, llevaba buscando obsesivamente la fama desde hacía años y fue detenido en una rueda de prensa en la que narraba a los periodistas su crimen en estos términos: “Cuando le tuve delante, disparé 3 veces. No se cayó. Increíble su energía, como Rasputín delante del príncipe Yusupov. Me dijo: “Cabrón”. La última bala se la disparé en la frente o en la nuca, ya no me acuerdo. Vi cómo sangraba y se derrumbaba. Entonces me sentí aliviado”, “maté a la serpiente Bousquet”, acusado de colaboracionismo con los nazis por el envío de judíos franceses a los campos de exterminio, “para conseguir protagonizar un telediario”. “8 niños bien” violaron repetidamente a una compañera de clase (de 17 años; el suceso ocurrió en Toulouse, Francia) y lo filmaron todo para vender las fotos”. En España son tristemente recordados los asesinos del rol, imitadores fatídicos de las andanzas de Patrick Bateman, protagonista de American Psycho de Bret Easton Ellis, de los que incluso llegó a publicarse el lamentable relato en los periódicos de noticias. Estos crímenes cada vez más frecuentes se adaptan a un esquema escalofriante: una persona o grupo de personas con las facultades mentales y sociales alteradas, atenta contra la vida de otra persona reconocida públicamente o con crueldad y saña inigualables contra personas sin relevancia pública, o anónimas, fundamentalmente niños de corta edad y mujeres, buscando notoriedad pública (salir en los telediarios) con estos terribles actos. “Resulta difícil aceptar”, decía el editorial de un periódico estadounidense refiriéndose a los asesinatos de turistas extranjeros que se cometen actualmente en Florida y ampliando esta reflexión a otros de parecida índole que suceden principalmente en Los Angeles, Washington y Nueva York, “que existe una nueva cultura criminal para la que el terror y la destrucción son fines en sí mismos”. Esta incomprensión puede ampliarse al secuestro, tortura y asesinato del que fueron víctimas 3 niñas de Alcasser, Valencia, que conmocionó a la opinión pública en el invierno del 92, y otros de parecida índole que, cada vez con mayor frecuencia, salpican de sangre los telediarios y las páginas de sucesos. Si los móviles de todo crimen o acto de violencia son difícilmente comprensibles, la crueldad y la saña con la que se manejan estos asesinos por la imagen es hoy por hoy inexplicable. Algunos escritores han rescatado del pasado olvidado la Bestia ancestral que todos, unos más que otros, llevamos dentro, una reminiscencia de nuestros primeros antepasados, los animales, pero es más lógico pensar en una enfermedad mental y social del futuro, ocasionada por las imágenes, que está dando sus primeros síntomas. Un régimen carcelario severo, con agresiones físicas y vejaciones contínuas, refuerza la actitud destructiva de los psicópatas. La multiplicación de experiencias audiovisuales (para entenderlo tratemos de pensar en un tiempo sin televisión y otros medios de comunicación de masas: así han sido todos los años anteriores a 1969, cuando un ser humano pisó por primera vez la Luna y todos los que teníamos edad fuimos testigos directos a través de la pantalla mágica que por entonces entró en todas las casas y cambió nuestras vidas) no incide de la misma manera en todas las mentes. Si Marilyn Monroe, Michael Jackson y otros muchos son modelos sociales que tienen imitadores de sus apariencias y comportamientos en todo el mundo, Jack el Destripador y Rambo también. Cuando estos últimos pierden de vista los límites que separan la realidad de la ficción, sobrevienen los desastres. Apenas un 5% de la población son psicópatas (enfermos mentales) y/o sociópatas (enfermos sociales por la pobreza, los malos tratos o cualquier otra forma de marginación) potenciales, personas para las que estos crímenes aberrantes son el único medio para protagonizar un telediario y esos diez minutos de celebridad en la televisión que, según Andy Warhol, anhelan durante toda su existencia muchas personas. El 95% restante somos víctimas potenciales. Las Laura Palmer de estas historias ya han sido enterradas y olvidadas, pero la vida continúa para sus verdugos. Los casos reales que se parecen tanto a los de las películas y los telefilms, despiertan una extraordinaria atención en la opinión pública, lo que no es para menos. Las vidas reales de los que las llevan a cabo, son objeto de un debate en el que un número preocupante de personas están dispuestas a estampar su firma en hojas en las que se pide la pena de muerte para ellos. Algunos realmente lo pagan con sus vidas en los países en los que aún conciben esta condena radical, pero la mayoría están encarcelados cumpliendo penas por más de 10 años. Probablemente tienen en sus celdas aparatos de televisión y video, radio, libros y revistas a su gusto. Nada ha cambiado para ellos, viven en su mundo de imágenes y esporádicamente aparecen en ellas al ser recordados los terribles actos que protagonizaron negativamente. Han conseguido ser parte de la película. David Chapman, el asesino de John Lennon, había recorrido miméticamente los pasos de Holden Caulfield, el protagonista de la novela El guardián entre el centeno (1951) en las horas previas al crimen. El célebre relato de Salinger también era el libro de cabecera del adolescente que disparó contra Ronald Reagan y miembros de su escolta para impresionar a la actriz Jodie Foster, de la que estaba enamorado a distancia y a la que acosaba con su correspondencia. Nadie ha encontrado nada en los escritos de Salinger que incite a los adolescentes solitarios a ver un Wanted/Se busca bajo los retratos de personas vivas más reproducidos en los medios de comunicación de masas, como lo eran Ronald Reagan y John Lennon en el momento de los atentados de los que fueron víctimas. Sobre su imagen pública, el escritor Jerome David Salinger (Nueva York, 1919) ha mantenido una actitud hermética a lo largo de toda su vida, radicalizada a partir de 1965, cuando se negó a publicar nuevas obras de ficción en respuesta a los que quisieron promoverle como santón de la cultura hippy. Cumplió su palabra y siendo una verdadera celebridad por los cuatro relatos y el libro de cuentos que se conocen de él, con admiradores en todo el mundo, solo existe un retrato de Salinger, el que le hizo a traición su examigo Paul Adad a través de la ventanilla del coche cuando se despedían, probablemente para siempre. El gesto desencajado, aterrorizado del escritor y el puño con el que amenaza al fotógrafo, es la viva ilustración de su opinión sobre las imágenes. Las víctimas suelen ser mujeres, los verdugos siempre varones. No tiene sentido involucrar a Salinger en los actos de sus lectores de mente más calenturienta, aunque se haga buscando explicaciones racionales a actos tan incomprensibles. Los asesinatos para salir en los telediarios parecen ser el vértice sangriento de unos comportamientos humanos que están siendo modificados total o parcialmente por las imágenes, también en las actitudes amorosas, en los intercambios comerciales y en el trabajo. La confusión entre la realidad y la ficción, tema de El Quijote y de buena parte de la creación literaria universal, se ha magnificado con la invención de las técnicas para captar imágenes y de los medios de comunicación para difundirlas masivamente en todos los rincones del planeta. Las explicaciones, las respuestas, el traducir a términos racionales el misterio de las imágenes para saber cómo están influyendo en nuestras vidas es una tarea pendiente. Es posible que tengan un lenguaje propio aún sin desentrañar y que están pasando cosas que no entendemos porque aún no conocemos ese idioma. Una curación mediante imágenes de probables tendencias psicopatológicas la experimentó el fotógrafo Joel Peter Witkin. Nació en Nueva York, en 1939, junto con un hermano gemelo, pintor, de parecidos gustos a los suyos, y una hermana que no les sobrevivió al triple parto. Sus padres, un judío ruso y una católica italiana, se divorciaron rápidamente por desavenencias religiosas. A los 6 años fue testigo de un accidente de tráfico en el que la cabeza de una niña de 9 años, seccionada del cuerpo en la colisión, llegó rodando hasta sus pies. A los diecisiete tuvo su primera experiencia sexual con un hermafrodita. Poco después, en el servicio militar, le asignaron la tarea de fotografiar los cadáveres de sus compañeros muertos por accidente o suicidio. Se alistó voluntario para cumplir la misma tarea en la guerra de Vietnam. A su regreso estudió arte en Nueva York y sublimó sus terribles experiencias vitales creando impactantes imágenes de cadáveres diseccionados y seres deformes, también humanos, que levantaron olas de admiración cuando se expusieron en los museos norteamericanos y europeos en la segunda mitad de los ochenta. La obra reciente de Witkin es mas artística, mas intelectual, mas complicada, pero los monstruos que fotografió (en una entrevista dijo que él no buscaba a estas personas, que eran ellos los que conociendo su trabajo, le buscaban a él para que los fotografiara) en su primera época y la manera en que lo hizo, destrozó con creces los límites de la violencia en imágenes conocidos hasta entonces. Pero había sinceridad: la obra de Witkin era consecuencia de sus vivencias. Los imitadores que surgieron a la sombra de su fama, buscaban el éxito fácil con el recurso al tremendismo (durante unos años daba pánico hojear las revistas especializadas en fotografía) y hundieron esta tendencia que, de alguna manera, demostraba que una persona podía sublimar terribles experiencias vitales creando imágenes artísticas y alcanzando notoriedad pública con ellas sin causar daño. En La naranja mecánica, la novela de Anthony Burguess y la película de Stanley Kubrick, ambas de importancia pareja (es un caso raro en el que los críticos no saben si dar más valor al novelista que imaginó la historia o al director de cine que hizo de ella una impresionante traducción en imágenes) se plantea en ficción el tema de la curación del mal de imágenes mediante imágenes. El malvado Alex, un adolescente del Londres del futuro que predica y practica la ultraviolencia en el trato con sus semejantes, es reeducado por las autoridades con una sobredosis de sus mismas armas, la música de “el gran Ludwig van” (Beethoven) asociada a imágenes de ultraviolencia real: campos de concentración nazis, bombardeos indiscriminados de ciudades y combates de las dos guerras mundiales, disturbios callejeros sangrientos, catástrofes, etc. A Alex le extirpan la violencia, pero cuando regresa a su mundo, incapaz de levantar su mano para defenderse siquiera, es víctima de la violencia vengativa de sus antiguas víctimas. Esta película fue prohibida en los cines ingleses a la semana de su estreno hasta hoy porque algunos espectadores, lejos de captar la moralina, quedaban fascinados y querían emular al Alex untraviolento de la primera hora de película, aumentando espectacularmente en las calles de Londres los índices de violencia. Los directores de cine Carlos Saura (Deprisa, deprisa) y José Antonio de la Loma (Perros callejeros y una larga secuela) hicieron una traducción española de La naranja mecánica, narrando la vida de los jefes de pandillas juveniles (el Vaquilla, el Guille, el Melones, el Clemen y otros, alcanzaron la dudosa celebridad pública que proporcionan los telediarios y las páginas de sucesos con sus fechorías) que sembraron el terror en las calles de Madrid y Barcelona durante la década de los setenta.

– El Jaro murió el 24 de febrero de 1979″, recordaba el periodista Jesús Duva en un artículo que actualizaba los destinos de estos célebres delincuentes, “cuando apenas había cumplido los 16 años. Un vecino del paseo de la Habana, de Madrid, le mató de un disparo efectuado con un rifle de cazar elefantes. En el momento de morir, el Jaro llevaba en un bolsillo la cartera de plástico en la que guardaba un puñado de recortes de periódicos sobre sus hazañas, que él solía enseñar con orgullo a quien quería oírle. El Jaro y sus troncos fueron un día a ver la película Perros callejeros y desde entonces adoptaron la forma de actuar de los pandilleros del celuloide. En este mismo artículo se dice que actualmente el Vaquilla está escribiendo sus memorias en la cárcel.

– Hay menos violencia que antes, declaró en 1993 Luis Rojas Marcos en 1993, jefe de los servicios de salud mental de Nueva York, pero señala un rasgo diferencial: “la fascinación que hay ahora por la violencia hace que el causante sepa que va a ser visto por la sociedad, que va a tener acceso al público. Podemos hablar de una violencia mas rebuscada, mas intelectualizada, menos salvaje desde el punto de vista animal (el animal se come a otro animal y no parece que disfrute en el proceso, lo hace por necesidad). La violencia de hoy es mas civilizada (entre comillas), mas preparada para salir en televisión”. También es mas cruel, gratuita, absurda, irracional, etc. El asesinato por la imagen es una enfermedad social tan real como la vida misma que, de momento, no tiene curación y, lo que es peor, parece que está dando los primeros síntomas: esto que está empezando a pasar ahora, solo es el principio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s